Plaza de la Marina: la vinculación al lugar (II)

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Fotografía: hipólito e Ismael G. Águila

Mis primeros recuerdos de Málaga tienen que ver con ella. Algunos sonidos, olores o luces  se mantienen en el recuerdo, como huella del lugar. En la acera de la Marina vivía mi tía Adriana,  a la que visitábamos con frecuencia. La cadencia de las ráfagas de los haces de luz de la Farola del puerto, que en aquella época se proyectaban sobre la ciudad, me resultaban mágicas e hipnóticas. Otras dos imágenes imborrables son mi fascinación por la fuente de colores, que no me cansaba de mirar, y las sensaciones placenteras asociadas al polo de naranja Frigo, que cada tarde iba a comprar al kiosco situado en el inicio de la Alameda principal.

Los que vivimos en Málaga nos engañamos y mantenemos la ficción de que la plaza de la Marina es una plaza. Sin embargo a lo largo de su historia ha sido un espacio público reversible, sin que  se hayan dado las condiciones para que sea lo que creemos es.

No es fácil escribir sobre ella; tiene su enjundia, complejidad, importancia e interés, términos afines pero inciden sobre aspectos y cualidades diferentes. Como ya he señalado en una entrada anterior, considero que es una no plaza con un atractivo lleno de indeterminaciones. Es un lugar con vocación de plaza, transformado de manera reiterada y sobre cuyos resultados no hay un acuerdo general.

El espacio público no tiene que ser considerado arte  si cumple la función para la que es propuesta. Pero no hemos sabido hacernos con esta plaza en el día a día, desde que se trazó finalizando el siglo del XIX, cuando una burguesía más foránea que local configuró este espacio con una utilidad más  distribuidora que expansiva, justo en el momento en que el automóvil hacía su aparición inmisericorde.

El Parque como lugar provisto de vegetación nos atrae para recorrerlo, pero esta plaza, tan cercana al puerto, nos ha disuadido de disfrutarla. Actualmente está a las puertas de la Arquitectura milagrosa que recorre los muelles 1 y 2 de nuestro bonito y animado puerto. Es de todos y de nadie. Su espacio llama nuestra atención pero no solemos adentrarnos en ella. Su razón de ser  deja  un rastro impreciso que impide recordarla en nuestros usos cotidianos. Tal vez ahí resida el problema, tal vez no seamos conscientes de que lo que decimos que es no es.

Después de la última remodelación llevada a cabo en 1989, cuando por primera vez se hace practicable para el ciudadano de a pie, la plaza se estructura en dos niveles. Arriba la plaza propiamente dicha con espacios que se pueden recorrer. En un nivel más bajo, el aparcamiento. La idea era novedosa, pues suponía que pudiera ser, lo que había soñado ser desde mucho tiempo atrás.

La plaza de la Marina hace las funciones de lanzadera, embellece la red viaria y  reduce el impacto visual del automóvil como telón de fondo de una de las arterias más importantes de la ciudad. Opinar que esta plaza es marginal y no inclusiva, suena cuanto menos extravagante pero si  tenemos en cuenta que se diseñó en la época en que las ciudades comenzaban a diseminarse y a funcionar en torno al automóvil, y se pensaba que la ciudad densa y compacta era la causante del impacto ambiental (¡cómo han cambiado las tornas!), la plaza como elemento decorativo pero impracticable tenía sentido, ya que si queríamos solazarnos las playas no quedan muy lejos y las urbanizaciones con jardines en sus recintos hacían su agosto.

El malagueño tiende a excluirse del espacio de esta plaza, no por miedo, ya que no es zona de peligros sino por aburrimiento, por no saber qué hacer en ella. Tal vez estemos poco acostumbrados a sentarnos en una la plaza, dada la cantidad de bares y cafeterías que encontramos a nuestro paso por la ciudad. La plaza de la Marina suele estar desocupada. Quizá tiene muchas luces y pocas sombras, y sea eso lo nos hace desistir de su uso peatonal. Tal vez estemos habituados a los espacios reducidos y nos guste pasear entre muchos, tal vez nos ocurra lo que en bares y restaurantes, que nos gusta estar en aquellos donde más gente hay.

Es como si fuera un espacio público de uso discrecional para los que rigen la ciudad. Lo promocional y patrocinado tiene su peso pero entra en contradicción con otras preferencias. Esta estratégica plaza parece necesitar abrirse a otras funciones más actualizadas que puedan servir de reclamo para viandantes, patinadores, niños, carritos de bebé y bicicletas. Convertirse en un lugar experiencial en el que construir relaciones. Ser un lugar de encuentro, se suele decir.

Tal vez sea oportuno que nos replanteemos la plaza. Es posible que a estas alturas ya se haya repensado y yo llegue tarde dando mi opinión sobre el asunto, con lo cual todo quedaría en un ejercicio de entrenamiento cognitivo acorde a mi profesión y edad. Pero voy a seguir haciendo el esfuerzo de darle vueltas a la plaza en el doble sentido, si me permiten nombrar de este modo la activación que mi mente experimenta y los paseos que por ella doy.

¿Cuáles  podían ser los usos  de  esta plaza si se buscara su vinculación con la ciudadanía? Ahí van algunas propuestas que, a mi entender, aportarían bienestar y no mero entretenimiento:

  • Poder dibujar en el suelo o sobre paneles murales, realizar actividades manuales o practicar con sus instrumentos aquellos que estudian o han estudiado para ser oídos.
  • Poner a disposición de la ciudadanía expositores o parterres para no descuidar el reclamo olfativo y poder, de esta manera, meter las narices.
  • Apoyar a artistas corporales, grupos de música, arte en vivo, retratistas, cuentacuentos y otros muchos movimientos artísticos improvisados o no.
  • Distribuir pantallas expositoras donde ver y oír escenas de ópera, conciertos o lugares emblemáticos, ampliando, de otro modo, la oferta cultural que ya tenemos.
  • Facilitar espacios para que los pequeños jueguen, de manera que hagan más y pidan menos, como ya está ocurriendo en otros espacios de la ciudad en los empieza a ser costumbre que los niños salgan a jugar a la calle, eso si, sin que los padres les pierdan de vista.
  • Seguir organizando, de vez en cuando, algún evento patrocinado novedoso y sorprendente a ser posible.

Todo ello, animaría a acudir a la plaza de la Marina a gente diversa que descansaría sobre un mobiliario adaptado a sus diferentes condiciones de movilidad, que disfrutaría de la seguridad del entorno y  que percibiría unas sensaciones térmicas confortables gracias a su cuidada vegetación protectora.

Continuará…

Próxima entrada del Callejero ilustrado sobre la plaza de la Marina: su presencia en la ciudad (III)

 

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