Plaza de la Marina: El significado personal de la plaza (I)

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Niños jugando. Fotografía de Andrés Flores Alés.

Las acciones que las personas llevamos a cabo en un espacio cargan a este de significado personal. Solemos decir que nos hacemos con el lugar, que nos lo apropiamos mediante su uso. Esta es la intención que me mueve a escribir sobre la plaza.

Una plaza es un espacio abierto, en el que convergen intenciones  públicas y comunes a la población que forma parte del núcleo urbano. Suele estar rodeada de árboles o de edificios, y en ella se realizan actividades como descansar, contemplar, jugar, caminar, meditar, soñar o amar. Es el espacio público por antonomasia. Es propio que incluya monumentos glamurosos o históricos y serán los administradores del Estado los encargados de preservar, acondicionar y proteger.

Recogiendo lo escrito por Manuel Delgado acerca de “Lo común y lo colectivo”, un poco a mi manera, he llegado a la conclusión de que hay plazas populares y plazas artificiosas. Las primeras basan su condición en un modelo de lazos familiares, en los que se otorga un papel que principalmente tiene que ver con los sentimientos. Las segundas se basan en la decisión calculada, y a veces poco trasparente, de sus regidores. Las plazas con las que creamos lazos de identidad son coherentes y se viven sin amenaza. Por eso nos vinculamos y nos apropiamos de ellas. En las plazas nos sentimos sociedad, pensamos que pertenecemos a un grupo con intereses comunes, que convivimos. Cada cual participa de forma diferente, actuando de manera concertada sin renunciar a la propia identidad.

La herencia cultural de lo que significa una plaza para la ciudad islámica tan vez choque con el concepto que de ella se ha tenido en las ciudades europeas, y sea esto lo que me tenga tan desorientada acerca de cómo apropiarnos de la plaza de la Marina. En las primeras, la plaza no existe como elemento urbano, fuera de la explanada ante la mezquita o de los mercados extramuros. En las segundas, es un lugar aglutinador y vital de las actividades ciudadanas.

La plaza de la Marina es una plaza contradictoria y contrariada, que dispersa y aglutina a la vez.  Es esa especie de falta de coherencia lo que perturba mi ánimo y me hace desconfiar de ella. Más centrífuga que centrípeta sirve más para expulsarnos que para integrarnos en su espacio. La plaza, como tal, creo que solo existe en nuestro imaginario colectivo. Tal vez esté presente de pensamiento y de palabra, pero no de obra, pues son pocos los que en ella se adentran para realizar las actividades que le son propias. Lo cierto es que a ella no se acude por ella misma, sino que sirve de tránsito, para acceder a otros lugares. Se la mira de lejos, por dentro tiene poco que ver.

La plaza de la Marina se encuentra en el distrito Centro al igual que el Ensanche Heredia. De este último se dice que incluye en su demarcación el Parque de Málaga pero no la plaza como sería de esperar. Esta interrupción hace que el lugar sea de todos y de nadie. Al norte limita con el centro histórico, al sur con el puerto, al este con la frondosidad de un parque urbano de algo más de un siglo y al oeste con la zona edificada del Ensanche Heredia, que es el  principio y fin de las entradas del  Callejero Ilustrado.

Es un lugar estratégico que toma diferentes significados en función de la época o circunstancias en la que la visitemos. Se puede disfrutar un día soleado de invierno, pero puede resultarnos inhóspita en las épocas de calor. También el día o la hora nos hace sentirla armoniosa, bulliciosa, espaciosa o desangelada, porque el confort térmico, acústico, sonoro u olfativo, le añaden o quitan calidad al disfrute del su entorno.

Esta plaza es el corazón, la puerta por la que el mar entra en la ciudad de Málaga. Es el zaguán del puerto y el distribuidor del área urbana. Es un imán y una joya, que ha sobrevivido, por ahora, a la arquitectura milagrosa que promociona actualmente otros espacios de la ciudad que empiezan a ser conocidos internacionalmente.

Nuestra plaza, la de la Marina, ha sido en sentido estricto una vía, una arteria por la que fluye la ciudad. Así pues hemos tenido una No plaza, una especie de plaza florero. De ahí que fuera la acera de la Marina la que de verdad le ha dado vidilla a este espacio. La acera si ha sido recorrida y disfrutada en actividades como la compra, los entretenimientos varios, el hospedaje y la gastronomía. Mercedes  Formica en su novela social-costumbrista de la Málaga de la preguerra dice al hablar de la acera de la Marina …”bullía la animación, situada entre la boca del muelle y la Calle Larios, constituía el punto vital de la ciudad, su fachada pertenecía a un grupos de edificios que separaban el parque, de la Alameda, y sus casas pequeñas de verdes ventanas, cobijaban negocios increíbles, como una confitería pueblerina, donde se traficaba el contrabando, una arrendataria de tabaco, donde por ironía paraban los contrabandistas, una botica vieja  y un hermoso café, alegre y animadísimo, enclavado en la esquina de la casa barroca de la familia Pérez del Pulgar. En La Marina se respiraba aire fresco del puerto y en su ámbito se daban cita los tranvías que recorría los barrios…” y un poco después continúa “En la acera de La Marina bullía una algarabía de pregones. Gritaban los marisqueros, los vendedores de periódicos, los niños que ofrecían pastillas de café con leche. Se reunían los novilleros, los cantaores de flamenco, la marinería del muelle y los contrabandistas de Gibraltar. Por sus aceras discurrían los soldados marroquíes que desembarcaban del correo de África, del Melillero, como todo el mundo designaba al barco que cruzaba el Estrecho, los aventureros de Tánger, los extranjeros que visitaban la ciudad y los bohemios de Torremolinos.”

De una u otra forma así ha continuado la acera, cobijando en sus terrenos derruidos atracciones de circo y otras diversiones hasta que se constituye en reclamo para la construcción de edificios emblemáticos del poder económico y de la Administración local de la provincia de Málaga, junto a los de viviendas en cuyos bajos se abren modernas cafeterías en la postguerra. Paradójicamente en una sociedad moderna, e instalada en el progreso sobrevenido por la opulencia de finales del XIX, nuestra Málaga no se deshumaniza y sigue insuflando ese calor de pueblo y mezclilla del que somos tan capaces las gentes de esta ciudad por más preocupados que estuvieran los defensores patrios de la escuela de Chicago (arquitectura) con nuestro devenir. Era y es  una acera colectivizada y organizada a partir de la comunicación. Se adecenta, ordena y uniforma en un solo cuerpo para convertirse en la fachada marítima de la ciudad.

La plaza se llamó, cuando ganó espacio y vistosidad, de la Marina, pero tuvo otros nombres que no terminaron de prosperar: Plaza de Augusto Suárez de Figueroa, político y periodista de principios del siglo XX que murió al ser retado en un duelo y que me ha hecho recordar la frase de una viñeta de El Roto “Todo cambio es una amenaza a nuestras tradicionales formas de muerte”  y Plaza de Queipo de Llano, que en 1937 dirigió las operaciones de la ocupación de Málaga con la ayuda de tropas fascistas italianas, durante la Guerra Civil , lo que dio pie a la huida de miles de malagueños por la carretera Málaga – Almería en lo que se llamó La desbandá.  Recobrar su nombre inicial dio al lugar amplitud de miras, lo mismo  que a quienes por ella caminamos.

Continuará…

Próxima entrada del Callejero ilustrado sobre la plaza de la Marina: La vinculación al lugar (II)

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